Por primera vez

Historias de la Ciudad

Por Jorge Luis Heredia

Antes del amanecer Gilberto desayunó, algo leve, Special K, ligeros claro, con leche descremada y deslactosada, porque en algún momento de su vida su estómago lechero había dicho basta a la leche, sólo que Gilberto, en lugar de hacer caso a su cuerpo, buscó opciones para seguir consumiendo y encontró la deslactosada ligt. Lucía le había preparado el lonche, así que después de degustar sus hojuelas con leche, lavó sus dientes pensando en los pendientes que tenía ese día en la fábrica y se dirigió al refrigerador.

Gilberto desayunó, algo leve...

Listo, era hora de salir. Faltaban quince para las cinco dela mañana y debía atender a un nuevo grupo de jóvenes obreros que se habían incorporado la semana pasada, así que se dirigió al coche, un Chevy a medio morir y emprendió el viaje. Como siempre, ni Misael y ni Jackeline lo vieron salir. Es más, ni Lucía, que se había acostumbrado a cocinar por las noches para su Gil y evitar las desveladas.

Y en la noche ni Misael ni Jackeline lo vieron llegar. No era la primera vez. Su madre los preparaba para que antes de las nueve ya estuviera en cama y Gil, pues Gil de alguna manera ya estaba acostumbrado a ser un fantasma en su casa, nada más que un fantasma. Ero era, quizás hasta el día que Lucía, una mujer muy insegura, descubriera que Gilberto tenía un nuevo amor.

La crisis de pareja no cambió mucho la rutina. Se peleaban en la madrugada y en la noche. Los niños, igual, lo veían los fines de semana, porque ni en la mañana ni en la noche. Eso sí, Misael escuchó más de una vez las discusiones nocturnas que se hacían más intensas. Gilberto no sabía que estaba despierto. Lucía sí, lo supo de pronto durante el desayuno antes de llevar a su hijo a la escuela.

-- ¿Por qué pelean Mamá?

-- Quién, Misa.

-- Tú y mi papá…

-- Ah, mira Misa, --dijo como si quisiera echar a andar las palabras en reversa-- esas cosas, pues porque los adultos somos así, discutimos para llegar a acuerdos en los que los dos estemos de acuerdo.

-- ¿Alma también?

Lo supo. Supo que el niño lo sabía. Ni siquiera pensó en las consecuencias de que su hijo lo supiera. Ni en lo que le había dicho, que “los adultos somos así, discutimos”, ¿sería acaso que Misael se grabara esa creencia en su mente y la iba a repetir al pie de la letra de grande? No, no pensó nada. No quería pensar. Julieta, su amiga, le había dicho que se aprovechara y le sacara todo el dinero posible, su  madre que lo dejara, su padre, casi en secreto, le dijo que si estaba dispuesta a perdonar lo perdonara de tajo, pero que si su corazón no estaba dispuesto, él la ayudaría en todo lo que necesitara.

Tenía de dónde escoger. A ella su madre le había enseñado la pelea directa y peleaba cada vez que podía. Gilberto, por el contrario, se callaba. Así, sin más, como una piedra y ella se volvía loca. Le podían muchas cosas. Que Gilberto amara a otra mujer, jamás creyó que eso le pasaría. Que su hijo Misael a sus seis años ya supiera de la tal Alma. Y sobre todo, que qué iba a hacer si Gilberto la dejaba.

En realdad las cosas duraron mal cerca de un año, quizás dos. El prometió por la virgen que ya Alma no estaba en su vida, que iba a cambiar, que no quería perder a sus hijos, que la amaba y cosas así, unas realmente las sentía, otras las había escuchado en la tele o las había leído en alguna revista del corazón. La verdad ni él ni su mujer habían hablado de los niños. Gilberto se imaginaba los problemas tanto, que de pronto hasta se los creía, aunque luego la realidad lo zarandeaba y listo, abría los ojos otra vez. Es más, se creía tanto sus problemas que pasaba gran parte del día inventando soluciones a los problemas inventados.

A sus treinta años había llegado a la conclusión de que la vida no era otra cosa sino una especie de toreo, nada más. Amaba tanto los toros que sus conceptos de vida los forjaba a través de los toros. Pararse al frente de un toro era el mayor desafío que un hombre podía hacer a la vida porque después de arriesgar el pellejo, mataba al animal. Eso le enseñaba a su hijo, era su filosofía de vida. Torear.

Cuando menos hasta el día en que en su trabajo le pagaron un curso de desarrollo humano en un centro terapias de choque, de un mes de duración. En el curso lo ayudaron a llorar. Lo ayudaron a contar su historia de vida. Lo ayudaron a recordar los hechos violentos que vivió con su padre y su madre y lloró otra vez. Aprendió todas las ideas limitantes que tenía metidas en su vida y cosas así.

También le dijeron que para él no había imposibles, que debería reunir 10 mil pesos y que eso sería sólo una muestra de su gran capacidad, que era todo potente y poderoso, creado a imagen y semejanza de Dios. Se sintió poderoso, incluso pensaba ya cómo obtener los diez mil pesos, pero a la hora del café algo cayó sobre su cabeza, una idea, un sentimiento, algo y por primera vez en su vida se sintió libre. Así, sin más, de pronto dejó el café y una galleta de esas de surtido que estaba a punto de degustar y salió sin decir nada, sin hablar con nadie. Por primera vez en nueve años había decidido darle ese tiempo a su familia.


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