Arrepentirse ya no tiene sentido
Historias
de la Ciudad
Por
Jorge Luis Heredia
I
Raúl
Romo se consideraba así mismo un niño problema. Vamos, en el lenguaje de sus
amigos, iba derechito a delincuente. Un día, sin más, le pidieron que aguardara
la llegada del director para reprenderlo por alguno de sus excesos. Le pidieron
que esperara en el patio, junto al asta bandera y cuando llegó el director
justo Raúl encabezaba el izamiento de su corbata mientras entonaban un corrido
de los Tigres del Norte y todos con la mano en el corazón. Dos días de
expulsión.
![]() |
| Glóbulo rojo, glóbulo blanco. Héctor Manuel Jiménez. |
En
ocasiones era desconcertante. De pronto el payaso de la clase y luego hacía
preguntas que el profesor francamente desconocía por completo y que, en
ocasiones, le costaban días de expulsión y otras simplemente era un ser
ignorado. Y como además Raúl no podía controlar su ansiedad, se creyó de todo a
todo que su destino era inevitablemente una celda en Almoloya, cuando Almoloya
era Almoloya.
En
su niñez ni su mamá ni su papá le dedicaban tiempo. Emilia vivía preocupada por
las necesidades de la casa y de sus dos hijas menores y Benito, que no
terminaba una borrachera cuando ya había iniciado otra, ni siquiera conocía la
escuela de su hijo. Era Emilia, su madre, quien estaba siempre en los llamados
de la escuela y no faltaban motivos.
Por
ejemplo, un martes, a las once de la mañana, cuando el sol estaba imposible y
las clases de matemáticas tenían a Raúl cabeceando, a punto de sueño, el
profesor Aurelio lo pasó a una butaca de la primera fila, no le preguntó nada
porque sabía que Raúl siempre contestaba. Aurelio le indicó que pusiera más atención,
que hiciera un esfuerzo, que las matemáticas eran el lenguaje de Dios y fue
justo en ese momento cuando Raúl preguntó: “dígame una razón empírica por la
cual Usted no puede ser Dios”.
Se
quedó mudo. El profesor, un religioso de más, se quedó como estatua. El rojo se
le subió al rostro y las risas de sus alumnos lo despertaron. “Este niño está
loco, cree que soy Dios”, fue su respuesta. Lo llevó a la dirección y una hora
después Emilia ya estaba en la oficina regañando a su hijo por burlarse de su
profesor. Y claro, un día de expulsión.
Fue como al mes en la clase de ciencias, cuando la maestra
Lupita hacía que los alumnos recitaran de memoria los planetas del sistema
solar, cuando Raúl se puso de pie.
-- Sí, Raúl…
-- ¿Por
qué las piedras del anillo de Júpiter no van en todas direcciones?
Y quizá
ese fue uno de los pocos momentos que recuerda con cariño de la escuela. La
maestra Lupita, sin más, se paró frente a él…
-- ¿Tú
por qué crees?
-- Por
la gravedad… Pero maestra Lupita, la gravedad es aproximadamente mil 40 veces
más débil que la fuerza electromagnética, ¿qué provoca la gravedad? ¿Cuál es su
origen?
Y ya no
hubo respuestas, ni clases. La maestra les dio su hora para que investigaran
sobre la gravedad. Lo que la maestra Lupita jamás se enteró es que Raúl, que ya
no soportaba más la clase y que no quería una segunda expulsión en esa semana, hizo
la pregunta con toda intención para cambiar el ritmo de la clase. Y lo logró.
En la
prepa y en la universidad, de alguna manera, Raúl ya estaba domesticado. Cierto
que seguía siendo un rebelde que no paraba de hacer bromas, de ser el payaso
del grupo que siempre había sido. Le parecían tan absurdas las clases, las
situaciones que vivía en la calle y hasta en la familia, que esa era su salida
favorita, reírse, aún a costa suya.
Pero
no sólo estaba domesticado en la escuela, cuando se convirtió en obrero,
también tuvo que domesticarse. Un día Raúl Romo se
dio cuenta de que trabajaba demasiado y que era despedido con frecuencia. En
realidad se dio cuenta que tenía que fijarse en los demás y hacer lo que en
promedio ellos hacían… Por primera vez en su vida se planteaba algo que jamás
pensó que haría, no destacar en la empresa.
II
Lo
recuerda como si fuera ayer. Platica con una enorme sonrisa en su rostro. Como
si el mundo caminara irremediablemente por el buen camino. La idea es hacerle
algunas preguntas ahora que Raúl sabe que tiene un coeficiente intelectual de
160 puntos.
--
¿Cómo te enteraste?
--
Vinieron de la Universidad a realizar un estudio en la fábrica y a todos nos aplicaron
el test, y pues yo salí bien.
--
¿Y eso cambia tu perspectiva de la vida?
--
Bueno, siempre pensé que era como un delincuente, una mala persona, un incomprendido
social. Aprendí eso con la vida… Y pues ahora sé que no, que no soy un
delincuente, sino más bien que no me diagnosticaron a tiempo para recibir otro
tipo de atención.
--
¿Te arrepientes de algo?
El
silencio se alarga. Es alarmante. Baja la cabeza. Respira profundo…
-- Pues arrepentirse
ya no tiene sentido. Yo tengo un niño y lo que hice fue llevarlo de inmediato para
que le hicieran un test, porque creo que estamos muy marginados y no hay mucha
información sobre eso. Recientemente se abrió una escuela en Aguascalientes
para niños con alto coeficiente intelectual… Y me
da tristeza que hace poco estaban a punto de cerrarla… ¿Por qué no quitan todos
los centros de alto rendimiento deportivo de México? Creo que hay una gran marginación
hacia nosotros, actualmente casi todo el apoyo es para deportistas de alto
rendimiento, pero no para quienes tenemos ciertas capacidades.
-- Otra pregunta,
¿cuánto ganas en la fábrica?
-- Al mes, 7 mil 800
pesos.
No
pregunto más.
findesemana.ags@gmail.com

Comentarios
Publicar un comentario
Fin de Semana, La voz cultural de Aguascalientes, agradece su preferencia y le invita a compartir con nosotros sus comentarios en torno a la cultura de nuestra entidad, que alguna vez desearíamos ver con menos nota roja y con más, mucha más cultura, y, como diría la pintora Rosa Velasco, con gente más sensata, más honesta, más sensible. Sea, pues.