El universo es una célula
Historias de la Ciudad
Por Jorge Luis Heredia
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| El universo es una célula. |
I
Fue a las tres de la mañana. Como una explosión repentina que despierta al mundo. Leonel salió corriendo de su habitación. “El universo es parte de una célula, Papa”. Javier se talló los ojos. “Sí hijo, está bien, vete a dormir”. “Papá, el universo sí tiene fin, sí tiene límites”, pero Javier tenía el cansancio metido en los huesos como para escuchar las teorías de su hijo.
Fue a las tres de la mañana. Como una explosión repentina que despierta al mundo. Leonel salió corriendo de su habitación. “El universo es parte de una célula, Papa”. Javier se talló los ojos. “Sí hijo, está bien, vete a dormir”. “Papá, el universo sí tiene fin, sí tiene límites”, pero Javier tenía el cansancio metido en los huesos como para escuchar las teorías de su hijo.
De todos modos no pudo
evitar escuchar la teoría, aunque le repetía una y otra vez que había cosas que
no entendía, Leonel se extendió minuciosamente en su explicación.
-- Papa, le dijo, si tenemos
tres trillones de células y somos millones de seres humanos, más los animales,
entonces las células de la tierra son muchas, muchísimas y si nuestro universo
es una célula, entonces creo que, hacia arriba, Papá, también hay muchísimas.
-- A ver si entendí Leo, ¿somos
parte de un gigante?, ¿y hay muchos gigantes?
-- Algo así Papá…
De repente Leonel se embebía
de su propio mundo. Cierto que Javier sentía mucho orgullo y cómo no sentirlo
si consideraba a su hijo más listo que él, mucho más, decía en cada oportunidad.
Cierto, lo desesperaban los porqués, era como una industria automatizada de
porqués. Lo platicó varias veces con su mujer y siempre llegaban a la
conclusión de que era su tiempo, que a esa edad todos los niños eran industrias
de porqués. Se consolaban.
Irene, más práctica, decidió
un día buscar opciones. Le dijeron que en Aguascalientes estaba funcionando una
escuela para niños sobresalientes, pero se quedó a la mitad. Sin dinero para
seguir en su búsqueda. Del instituto amablemente le dieron la dirección, sin
embargo, no había rutas que la llevaran, necesariamente debía tomar taxi.
Regresó caminando a su casa. Era tarde.
Cierto que lloró. Lloró
solitaria, de rabia, de coraje. Aguardó paciente a su Javier. Seria y pensativa
en la salita. Era necesario hacer algo. Ella debía trabajar y Javier tenía que
aceptarlo, no había otra salida, con lo que ganaba Javier no era posible
siquiera buscar opciones. Leonel, como siempre, en su cuarto descubriendo el
mundo con una serie de libros que su abuelo le había regalado, eran de
literatura principalmente y de allí bebía.
Y llegó. Abrió la puerta y
allí estaban las palabras como disparos a boca jarro.
-- Javier, yo creo que, si
no tienes inconveniente, voy a empezar a trabajar, en algo, no sé en qué, pero
quiero que me apoyes.
Javier creía firmemente que
las mujeres no debían trabajar. Su madre nunca había trabajado, su padre jamás
lo habría permitido. ¿Cómo lo iba a permitir él? Pero no dijo nada, se quedó
callado, la seriedad de Irene lo paralizó. Nuca le había hablado con aquella entereza,
claridad y fuerza.
--¿Estás bien?, atinó a
preguntar.
Irene ya había llorado
suficiente como para continuar.
-- Es que no hay dinero
Javier. Hoy quise saber de la escuela esa para niños listos, ya ves que dices
que Leonel es un niño muy listo y escuché en la radio de una escuela para niños
así…
-- Ire, mi Ire, no te
aflijas. De todos modos ya lo decidí, me voy al norte. Hablé con mi papá la
semana pasada, ya ves que conoce gente que pasa gente y aparte, pues me va a
prestar para pagar.
-- Es que a qué te vas, ir
allá no sirve, acá está tu familia, ¿qué vas a buscar? ¿Qué te paguen mejor que
aquí? Se te va a acabar en la casa que rentes allá, ¿o a poco allá no pagan
servicios?
-- Pues un mejor salario
Ire, un mejor salario que nos alcance, vamos a estar lejos un tiempo, pero vas
a ver después... Ya ves, en la automotriz me pagan mil a la semana, yo pensé
que me iba a ir mejor, pero ya ves, mil o alcanzan, no alcanzan.
Todo estaba dicho, no
resultaron las súplicas de Irene. Javier se fue al norte cuando su hijo tenía
nueve años. Nunca llegó. Murió al tratar de escapar de la migra. Para que no lo
atraparan se lanzó a las aguas aparentemente calmas del río bravo. Le fue
imposible nadar en ellas. Era tiempo de lluvias y estaba crecido…
II
II
Ha pasado el tiempo. Irene
se ha dedicado a la venta de tamales. De ahí ha salido lo necesario para
mantener su casa, pero, sobre todo, para llevar a su hijo a una escuela donde
valoran lo que sabe y lo tratan como persona.
-- Se deprimió mucho tiempo,
dice Irene, se deprimió, pero busqué apoyo de psicólogos y poco a poco va
saliendo, ya sonríe otra vez y lo mejor, ya empieza otra vez en eso del
universo.
Y sigue:
-- Dice que nuestro universo
tiene paredes que lo unen a otro universo, que se comunican, quién sabe qué más
cosas inventa mi hijo… Me pone ejemplos, porque yo le digo que no entiendo de
lo que me habla… Imagínate que somos una célula, probablemente de un dedo de un
gigante, entonces dice que pueden existir trillones de universos y que cada
gigante tiene trillones de universos.
-- ¿Le va bien en la escuela
a su hijo?
-- Sí, muy bien, una maestra
dice que va a ser escritor y otra dice que va a ser científico. Lo que sea, que
sea lo que sea pero que nunca tenga que irse al norte sin papeles.
findesemana.ags@gmail.com

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